• “Cuando pides en la calle te sientes mal, parece que molestas”
  • “Fui a dormir a la montaña, también a la Villa Olímpica, y ni me enteré de cuando había Olimpiadas. Vives un mundo paralelo”

AMAIA ARTOLETA


Historietista y pintor español. Miquel Fuster (Barcelona, 4 febrero de 1944) no sabía que su vida se iba a truncar cuando un día cualquiera su casa se incendió y no le quedó más remedio que vivir en la calle. Esto es lo que cuenta en su obra 15 años en la calle.

Se descuelga el teléfono. Una voz alegre saluda con simpatía: “¡Buenos días!”. Al otro lado, Miquel Fuster, 73 años, con un largo recorrido y grandes experiencias vividas y, como dice él, “con una voz que me hace parecer más joven de lo que soy”. Un terremoto hablando, parece que no respeta la respiración. Echaba de menos hablar: “Es el aire de la calle, muchas veces me tenía que guardar la lengua”. Cuenta que tiene palomas en su terraza y que cada día les da de comer. Todavía siente la calle como su segunda casa. Tan natural como la vida misma. Aprovecha cada segundo, aprovecha todas las conversaciones. No le importa repetir una y otra vez su historia. De hecho, cada palabra que sale de su boca, parece una sonrisa.

 

Empezó a dibujar a los 16 años, y más tarde ingresó en una agencia donde se especializó en cómic romántico.

En la agencia hacíamos cómic romántico para revistas inglesas. Más que nada, lo que hacían eran guiones que se basaban en canciones de éxitos de aquel momento, como los Beatles, los Rolling, Elton John…, con un guión muy sencillo que nos enviaban en inglés. Este trabajo resultaba fácil y escandalosamente bien pagado para la época, éramos los reyes del mambo. Por eso me especialicé en ello. Cobraba 25.000 pesetas con veinte años.

 

¿El mejor recuerdo de esa época?

Éramos jóvenes, había mucho compañerismo, el dinero nos daba libertad para movernos, teníamos motos y coches, nosotros éramos unos privilegiados, íbamos a las discotecas, organizábamos verbenas, íbamos a los cabarets, conocíamos chicas… No teníamos jefes. Nuestra única obligación era el día de entrega. La gente alucinaba con nosotros. Éramos muy jóvenes y ninguno habíamos acabado los estudios. Yo los dejé por Bellas Artes. Vivir de aquella manera fue un privilegio.

 

Un día se incendia su casa. Pasó de tenerlo todo a no tener nada.

Me quedé en la calle. Soy muy cabezón y me empeñé en no arreglar el piso después del incendio. Esto coincidió con una ruptura sentimental. La inmobiliaria me ofreció una ridícula indemnización. Mientras la esperaba, me quedé en el piso incendiado durante un año y allí me alcoholicé. Cuando recibí el dinero, hice lo que se llama la “muerte rápida”: invité a Madrid a los amigos que se habían comportado conmigo y el dinero me duro un mes.

 

¿Cómo fue ese año en el piso?

El piso quedó como lo dejaron los bomberos. La frase de “la ficción supera a la realidad” yo te digo que es mentira, ninguna ficción supera a la realidad; la ficción es muy fácil de hacer y de imaginar. No es lo mismo poner la palabra frío que sentir frío. Estuve un año sin luz y sin agua, un amigo albañil me puso unos plásticos en las ventanas para no quedarme congelado. Al principio pintaba con camping gas, luego con velas. Me lavaba con agua fría por no coger hidrofobia. Entonces, por la mañana, después de beberme 3 o 4 litronas de cerveza, me subía unas garrafas de agua de la fuente de debajo de mi casa, me desnudaba, ponía un pie a cada lado de la taza del váter, me la echaba por encima, me secaba y me volvía a vestir. Fue la preparación para lo que me esperaba en la calle.

 

Cuente…

Llegó un momento en el que tuve que devolver las llaves del piso, cogí cuatro cosas y los primeros días estuve cerca de mi barrio, para ver por lo menos las cuatro paredes. Después me fui a dormir a la montaña, a Montjuic, me fui por la Villa Olímpica también… Coincidió con las Olimpiadas y yo ni me enteré, porque vives en un mundo paralelo y lo único de lo que te preocupas es de sobrevivir. Hay mucha violencia en las calles, y la mayoría de agresiones a indigentes no se publican en la prensa. Es para que no se cree tendencia y la gente no lo haga, pero es una gilipollez. También hay violencia entre los propios compañeros. La gente está muy desesperada, por lo que tienes que tener cuidado.

 

Retrato de Miquel Fuster. Fuente: cedida por Miquel Fuster de su web

 

¿Tuvo alguna experiencia violenta?

Sí. Yo estaba cerca de Colón tumbado tranquilamente esperando para asearme en una pensión y unos jóvenes que no tenían otra cosa que hacer, se pararon y me empezaron a dar conversación, pero yo ya veía que algo tramaban, porque cuando estás en la calle aprendes mucha psicología. Y, evidentemente, cuando se fueron, uno me tiró un adoquín de 25 o 30 cm, me dio en el tabique nasal y me lo partió. Casi ni me tenía en pie, pero los valientes salieron corriendo. Me dijo la doctora que, si me da un poco más arriba, me mata.

 

Vendía acuarelas y luego empezó a pedir limosna.

Yo pedía cuando no tenía más remedio. Te sientes muy mal, porque te das cuenta de que, cuando pides, molestas. Yo me ponía en una esquina a las 8 de la mañana y era como un ave de presa. Había señoras que llevaban los niños al colegio y, si hablaban castellano, me dirigía a ellos en castellano, y si no, en catalán. Te sientes como un miserable y piensas que esa mujer bastantes problemas tiene, y encima yo voy ahora a tocarle las narices. Es muy desagradable, pero hay un dicho que dice: “La necesidad no tiene leyes”.

 

¿Qué piensa de esta idea de que sólo hay que dar comida a los que piden porque dar dinero puede ser sinónimo de alcohol?

Siempre lo digo: si tú te encuentras a una persona en la carretera que tiene un accidente, ¿verdad que te paras a auxiliarla sin pensar si iba borracha o distraída? Pues una persona, cuando está en la calle, es incapaz de aguantar una noche sin beber. Si le das comida, te la cogerá con educación. La bebida es como una medicina, como una aspirina. Si se lo va a gastar en vino, ¡pues que se lo gaste en vino!, bastante rechazo tiene ya. Es como una obra de caridad. Por dejarle a una persona un rato sin beber, no le curas el alcoholismo. Curarlo es una labor muy larga.

 

¿Cómo veía la actitud de la gente hacia usted?

Hubo de todo, como en la vida. Te encuentras a gente a la que le pides un cigarrillo y se justifica diciendo que sólo tiene tabaco negro, porque la mayoría fuma rubio. La gente de la calle está en absoluta indefensión. A mí me pasó que pedí educadamente 20 céntimos a un señor y me dijo con desprecio: “No, te daré 40”, pero no le vas a contestar. Si llama a los Mossos, el que sale perdiendo soy yo, porque siempre va a tener razón él aunque sea un maleducado y un grosero. Siempre pierden los mismos.

 

¿No tenía a nadie que le ayudase?

Claro que tenía, pero cuando estás en esta situación, haces sufrir a las personas que quieren ayudarte. Y por eso quieres estar solo o con la gente que está en tu misma situación, donde te sientes uno más.

 

¿Cómo se sale de esta situación?

Los servicios sociales intentan ayudarte, pero están muy masificados. Yo tuve la suerte de dar con la Fundación Arrels. Pesaba 42 kg cuando me recogieron. Primero te ponen una pensión. Después te pasan a un piso compartido y luego a un piso solo. Te dan también una paga por trabajos sociales, pero a mí me permitieron dibujar, pintar, que es lo que se me da bien. Para el tema del alcoholismo, yo decidí hacerlo sin medicación, porque tiene muchos efectos secundarios. Lo jodido es el mono psicológico, porque los recuerdos son muy dolorosos. Yo, por ejemplo, tuve una recaída, pero muchos no consiguen superarlo. De mi generación ya no queda ninguno. Me quitaron la vesícula biliar, tengo el páncreas algo tocado, tengo el hígado también mal, pero por lo demás, tras 13 años sin beber, ahora estoy bien.

 

¿Cómo surgió la idea de hacer 15 años en la calle?

En la Fundación Arrels me pidieron hacer un blog para poner un dibujo y un testimonio de mis vivencias de la calle. Entonces empezaron a entrar en el blog aficionados al cómic, entre ellos un hombre de Zaragoza que me propuso que podía hacer una novela gráfica con eso, pero yo no tenía ganas. ¿Tú a un tío de un naufragio le dirías que vuelva a subir en un barco? Yo era reacio, no quería. Luego empecé a hacer historietas de la calle y vino una editorial y me dijo que me lo cogían sin cambiar nada, como yo lo hacía. Y al final, hice la recopilación, pero de 15 años, lo que he hecho en realidad es una gota de espuma.


Foto de portada: Miquel Fuster firmando uno de sus ejemplares. Foto: cedida por Miquel Fuster de su web

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