• “Echo en falta la libertad de los años 70. Entonces no existía lo políticamente correcto”
  • “Makoki fue una mochila que cargué durante mucho tiempo”
  • “A partir de María y de dibujar para ella, ha cambiado mi forma de ver las cosas”

ANDREA LARRIÓN

BELÉN TORRES


Miguel Gallardo (Lérida, 1955) se lía un pitillo mientras charla rodeado de su vasta biblioteca. Se define a sí mismo como el típico niño que se pasaba las clases garabateando. Tanto le gustaba, que hizo de ello su profesión. Desde que lanzara a Makoki, uno de los iconos del cómic underground español, o comix, hasta María, su querida hija a la que ha convertido en uno de sus personajes estrella, no ha dejado de intentar ir siempre más allá en busca de nuevos desafíos.

 

Viendo las historietas del cómix, de revistas como El Víbora, ¿se le daba más importancia a la historia que al dibujo?

Sí. Fuimos una generación importante en el cómic, supusimos su cambio. Hasta que murió Franco, ser dibujante de cómic era una profesión como otra cualquiera: se empezaba de becario, entrabas en un estudio y aprendías a dibujar, pero estaba más relacionado con el dibujo que con la historia. La generación anterior a la nuestra hacía trabajos de encargo, guiones que venían de Inglaterra, que eran del Oeste, románticos… Hacía mucho tiempo que no se creaban guiones o historias que contaran lo que pasaba aquí. Nosotros fuimos la primera generación que accedimos a eso, porque no veníamos de oficio. La premisa era que no teníamos ni pajolera idea de dibujar, y mucho menos de ilustrar historietas. Pero lo que sí teníamos era una gran carga de ideas que aportar para incorporar la vida real al cómic.

 

¿Qué echa más de menos de aquella época?

Libertad (risas). Ahora parece que hay mucha libertad, pero entonces no existía lo políticamente correcto. Si ahora tuviera que publicarse El Víbora, seguramente no lo dejarían salir. Ningún colectivo de los que hablábamos a veces en la revista lo permitiría. Porque éramos unos inconscientes.

Miguel Gallardo en su casa de Barcelona. Foto: Elena Beltrán
¿Y qué recuerdos tiene de aquellos años?

Era muy divertido, porque pillamos el intermedio político. Después de la muerte de Franco, hubo durante unos años una falta de institucionalización del poder y nadie sabía qué iba a pasar. La gente salió a la calle, había una libertad artificial que no duró mucho, y en esa época entramos nosotros: una generación nueva, con muchas cosas que contar. Y eso hizo que fuéramos un grupo cohesionado, primero porque éramos pocos (una docena, veinte, treinta en toda España); y segundo, porque la vida que llevábamos era en común: no diría que éramos una comuna hippie, pero nos veíamos muy a menudo, íbamos a la editorial, a los mismos sitios de fiesta… y, por tanto, lo que hacíamos estaba muy unificado. Y tuvimos mucha suerte porque nuestros lectores eran también gente muy joven, de la misma edad que nosotros, con las mismas preocupaciones, intereses. Fue un momento de conexión irrepetible.

 

Era un cómic un poco gamberrete

Bueno, fue un cómic gamberro porque durante 40 años no había podido ser así. Existían sobre todo personajes muy propios de los años 50. Por ejemplo, Carpanta era un tío hambriento, y aunque en los 70 esto no tenía mucho sentido, en los 40 y 50 sí que era revolucionario, porque en España no se podía pasar hambre, o por lo menos, estaba prohibido decirlo. Nosotros rompimos con esto: fuimos la primera generación que dibujó polis españoles, una lechera, los grises pegando a gente, cosas de nuestra época. Era la capacidad de representar la vida tal cual era.

 

¿Cree que esta época podría volver?

No, porque no es ni el momento político ni social. Los momentos se dan cuando pasa algo importante socialmente hablando. En España habían pasado cuarenta años en los que no se había movido una piedra y de repente todo explotó. Es la época de la “movida madrileña”, de su música. Formó a varias generaciones. Todos teníamos ganas de salir y de contar. Ahora está todo muy disperso, todo se hace en las redes. Es distinto.

 

En otras entrevistas ha dicho que los jóvenes hoy no entenderíamos los temas que trataban ustedes entonces. ¿Por qué? (Se ríe durante la pregunta).

Bueno, en el caso de Makoki, por ejemplo, básicamente sería por el argot, que va modernizándose con el tiempo. Aparte de eso, las historietas que salían en El Víbora estaban dentro de un contexto. Leerlas fuera de este, fuera de la época, puede hacer que resulten graciosas, pero no se entendería muy bien lo que queríamos explicar.

 

A Makoki lo mató. ¿Se arrepiente?

No, al revés. Al principio estaba peleado con él. Durante mucho tiempo fue el personaje que yo hacía con Juanito Mediavilla, pero era más su idea que la mía. Creamos sus historietas durante diez, quince años. Y llegó un momento en que… cuando eres muy joven y tienes un pelotazo, la gente solo se acuerda de eso y lo que haces después no importa. Para mí era una mochila que cargaba mucho y al final me cansé y me dije: “Bueno, si lo mato, igual la gente se olvidará”. Pero… no ha pasado.

Makoki, uno de sus personajes más gamberros y reconocidos. Foto: Elena Beltrán
¿Lo echa de menos?

No. A veces la gente pregunta por qué no saco a Makoki otra vez. Es una chorrada, yo ahora tengo 61 años, y ni es la época ni nada. Además, entre medias me ha pasado María, que para mí es igual de importante o más. Pero sin Makoki no habría llegado a dibujar a María. Ahora podríamos decir que me he reconciliado con él y está todo en su sitio.

 

Háblenos de María.

(Ríe) María entró como un terremoto en nuestras vidas, porque tener una hija con autismo es heavy. Para mí no solo puso en jaque las ideas que tenía, mi filosofía de vida, sino que cuestionó mi trabajo. A partir de María y de dibujar para ella, he cambiado yo y ha cambiado mi forma de ver un montón de cosas. Ha sido un enriquecimiento en mi vida muy grande. He aprendido mucho de ella, es una maestra interesante.

 

En María y yo, el trazo de los dibujos es casi un garabato. ¿Por qué?

Ese era mi desafío, porque todo esto parte de que dibujo para comunicarme con María. A partir de ahí, vi que era mucho más interesante utilizar este tipo de trazo para explicar cosas, porque si, lo hubiera hecho al estilo de Makoki o lo hubiera hecho realista, no habría funcionado. Además, es un tipo de cómic para personas que no leen cómic. Hay dibujo con texto, algunas veces hay historietas, pero es muy sencillo y así puede llegar a más gente, que es lo que yo quería.

 

¿Cómo facilita la comunicación con María el dibujo?

Básicamente, los autistas son visuales. Para ellos el lenguaje es muy confuso, porque se desarrolla en el tiempo y tienes que estar atento y acordarte de lo que se ha dicho al principio y al final. Los autistas tienen un problema con eso porque, además, tienen falta de filtros de la realidad. Lo visual, en cambio, es una cosa que no cambia, que se las enseñas y está ahí. María tiene un cajón en mi casa lleno de dibujos que he ido haciendo a lo largo de los años y cuando llega es lo primero que revisa, porque es su ancla a la realidad.

 

¿Cómo ve la evolución de su carrera?

Lo que tiene de bueno cumplir años es que al final haces lo que te da la gana (se ríe). A mí me apasiona mi trabajo y siempre quiero ir más allá, con nuevas formas de contar o nuevos estilos, buscando desafíos. En cuanto a la temática, el entretenimiento es algo que está muy bien, es una industria que funciona genial, y he trabajado durante años en ello. Pero el cómic social es mucho más interesante: no cambias la vida de la gente, pero ayudas en ciertas áreas, que es lo que realmente me gusta y donde me siento cómodo.

 


Obra de cómic favorita. Maus: Relato de un superviviente.

¿Un personaje suyo?  Es difícil. A todos les tengo cariño. María se ha acabado convirtiendo en un personaje, así que me quedo con ella.

Comienzos. Yo fui el niño típico que estaba siempre con un lápiz en la mano. En vez de prestar atención en las clases, dibujaba. Así me fue. Además, mi padre era profesor de Matemáticas y Física y Química, lo que yo suspendía siempre, siempre.

Forma de trabajar. Los dibujantes y los ilustradores somos autónomos, así que no hay horario. Yo tengo la suerte de que mi profesión es lo que me apasiona, así que no tengo horas fijas. En cuanto a la inspiración, al principio bebía de un montón de libros, porque no tenía formación. María me ha enseñado la capacidad del dibujo como lenguaje, no como algo estético.

Y cuando no trabaja, ¿qué hace? Soy un lector voraz. Y además me interesa todo: el arte, el cine… Para mí el dibujo es lo último. Lo que me apasiona es contar historias, y todo lo que tenga que ver con eso es lo que me gusta.

¿El cómic en España goza de buena salud? El cómic sí, los autores no. Los autores luchamos contra el tópico de que el cómic es para niños y es muy difícil vivir de ello. Pero el cómic como tal parece que está de moda.

¿Qué aporta el cómic a la forma de contar historias? Es una alianza muy interesante entre texto y dibujo. La historia tiene que tener en cuenta el tipo de dibujo y al revés, el dibujo tiene que estar supeditado al tipo de historia que cuentas. Es una forma de narración que está desde las Cuevas de Altamira.


 

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